Cada año, alrededor de 8 millones de personas en todo el mundo eligen estudiar italiano. No por motivos laborales o burocráticos, como suele ocurrir con el inglés o el español, sino por pura pasión. Esto resulta sorprendente. El italiano no se encuentra entre los idiomas más hablados del planeta, pero sigue siendo uno de los más deseados. Y ese es precisamente su secreto.
La historia de esta fascinación no es reciente. Ya en el siglo XVI, el italiano era la lengua de la música, de las cortes europeas y de las artes: grandes compositores escribían «allegro», «andante», «forte» y «piano» en italiano. Incluso hoy, en un teatro de Viena o Tokio, un director de orquesta utiliza esas mismas palabras. En 1583, se fundó en Florencia la Accademia della Crusca, la academia lingüística más antigua del mundo aún en activo, testimonio del profundo interés que los italianos han mostrado, desde sus inicios, por la preservación y difusión de su lengua.
Existe un profundo orgullo en esta primacía silenciosa. El italiano no conquista por la mera cantidad, sino por la seducción de su cultura. Es la lengua de Dante y Leonardo, pero también la que aparece en las cartas de los restaurantes neoyorquinos, en las marcas de moda parisinas y en los títulos de películas que han marcado la historia del cine. No hace falta traducir "pizza", "ciao", "bravo" o "diva": se han convertido en parte del vocabulario cotidiano de decenas de idiomas, al igual que en italiano, porque ninguna otra palabra transmite la misma musicalidad, la misma calidez. Es la lengua que el mundo elige no tener que hablar, sino por el placer de pronunciarla.
Entre los datos más interesantes destaca el papel de la Sociedad Dante Alighieri. Fundada en 1889 con el propósito específico de proteger y difundir el italiano por todo el mundo, hoy cuenta con cientos de comités activos en los cinco continentes, desde El Cairo hasta Melbourne, donde miles de estudiantes se matriculan cada año simplemente por amor al idioma. Otro dato curioso se refiere a las motivaciones. Mientras que quienes estudian inglés casi siempre lo hacen por motivos laborales, quienes eligen italiano lo hacen por la gastronomía, el arte, un viaje soñado o simplemente para poder leer una ópera sin subtítulos. Es un idioma que se estudia con pasión, no por obligación.
Detrás de cada estudiante que abre un libro de gramática italiana por primera vez, casi siempre hay una imagen: una plaza bañada por el sol, el aroma del café recién hecho en la barra, una abuela compartiendo una receta transmitida de generación en generación. Aprender italiano, para quienes vienen de lejos, significa adentrarse en una forma de vida, incluso más que en una forma de hablar. Y quizás esta sea la verdadera razón por la que, cada año, miles de personas deciden asistir a clases nocturnas, usar una aplicación en su teléfono o consultar un diccionario: no lo hacen por necesidad, sino por deseo.
Así pues, cuando en una calle de Sídney o Toronto oyes a alguien decir «gracias» o «qué bonito» con el acento incierto de quien aún está aprendiendo, hay algo conmovedor en ese gesto: es un pedacito de Italia que sigue viajando, de boca en boca, llevado no por ejércitos ni imperios, sino por la belleza. Y este es precisamente el logro del que podemos sentirnos orgullosos: no ser el idioma más hablado del mundo, pero seguir siendo, durante siglos, el más querido.