Existe un hilo invisible que conecta a un abuelo que dejó Nápoles o Cosenza hace un siglo con un nieto que hoy, en Buenos Aires o São Paulo, elige una botella de vino italiano, un par de zapatos de cuero o una prenda de diseñador. Ese hilo se llama Made in Italy, y es una de las marcas más poderosas del planeta. Esto lo confirman los datos de una reciente encuesta de TP Infinity para la comunidad Made in Italy: la excelencia italiana no solo se mantiene firme en los mercados internacionales, sino que también resiste una de las pruebas más difíciles: los aranceles.
Un amor que no se puede comprar con descuento.
El hallazgo más sorprendente se refiere a la fidelidad del consumidor. El 62% de quienes compran productos italianos en el extranjero seguirían eligiéndolos incluso con aranceles más altos. Es más, quienes compran productos auténticos Made in Italy están dispuestos a gastar, en promedio, entre un 15% y un 25% más que en alternativas similares. Esto demuestra que la italianidad no es solo una estrategia de marketing, sino un valor percibido, algo por lo que vale la pena pagar más.
Ocho de cada diez consumidores en todo el mundo siguen considerando que los productos italianos son totalmente competitivos a nivel global. Y las cifras de exportación hablan por sí solas: en 2025, las exportaciones italianas alcanzaron los 643 millones de euros, con una tasa de crecimiento del 3,3%, lo que sitúa a Italia entre los mayores exportadores del mundo.
¿Qué significa “italiano” en todo el mundo?
Existe una fascinante diferencia en la percepción de Italia tanto dentro como fuera de sus fronteras. Para los italianos, el Made in Italy representa, ante todo, la calidad artesanal y la excelencia en la fabricación: el saber hacer de las manos, la tradición de los talleres. En el extranjero, sin embargo, prevalece una dimensión más aspiracional, vinculada al lujo y a un estilo de vida deseable.
Para las comunidades de ascendencia italiana en Sudamérica, esta percepción tiene un significado especial. No se trata solo de un deseo de elegancia: es memoria, son raíces, es el recuerdo de una tierra que sus bisabuelos dejaron atrás pero que jamás olvidaron. La moda, la gastronomía, la cultura y los artículos de cuero siguen siendo los sectores simbólicos de esta excelencia, los mismos que los emigrantes italianos trajeron consigo en maletas de cartón y transformaron en prósperos negocios al otro lado del océano.
El reto que queda: defender la autenticidad.
No todo es sencillo. La principal amenaza que identifican los consumidores es la falsificación, junto con el fenómeno de los productos que imitan nombres, colores y estética italianos: productos que imitan nombres, colores y estética italianos sin ser realmente italianos. Casi la mitad de los consumidores extranjeros admite haber comprado un producto italiano falsificado al menos una vez. Esto demuestra, paradójicamente, la gran atracción que ejerce nuestro país: solo se imita lo que realmente tiene valor.
Según los expertos, la clave reside en unir tradición e innovación, formar a nuevas generaciones de artesanos e invertir en trazabilidad y certificación. Porque el auténtico Made in Italy no solo se defiende en las fábricas, sino también en el corazón de quienes, en todo el mundo, siguen reconociendo y apreciando el espíritu genuino italiano.