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El ritual de la noche de San Juan que los italianos trajeron a Argentina

Cuando un italiano abandonaba su tierra natal, nunca se iba realmente con las manos vacías. Claro, la maleta solía ser escasa: unas pocas prendas de ropa, una hogaza de pan para el viaje, documentos cuidadosamente doblados en un sobre. Pero dentro, en algún lugar invisible e intacto, viajaba algo mucho más valioso: el sonido del campanario del pueblo, la letra de una nana, el gesto preciso con el que su abuela amasaba el pan. Recuerdos que no ocupan espacio y que no se pierden en el mar.

Los emigrantes italianos, aquellos que cruzaron el océano hacia América entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquellos que llenaron las fábricas del norte de Europa en las décadas siguientes, trajeron consigo una Italia invisible. Una Italia hecha de rituales, creencias y calendarios ligados a las estaciones y a los santos. Entre ellos, el ritual de la noche de San Juan.

Una noche, las abuelas se levantaban antes del amanecer, salían descalzas al jardín y colocaban un cuenco sobre la hierba. No era casualidad. Recogían el rocío de San Juan Bautista, el rocío que cura, protege y trae buena suerte durante todo el año. Era el 24 de junio, y el mundo parecía suspendido entre lo sagrado y lo salvaje. La fiesta de San Juan Bautista cae cuatro días después del solsticio de verano, cuando la luz es más brillante y algo cambia en el aire. La tradición popular italiana, especialmente en el centro y sur de Italia, siempre ha considerado esta noche como un umbral.

El ritual más común era sencillo y hermoso: se recogían hierbas silvestres —hierba de San Juan, lavanda, ruda, malva y saúco— y se dejaban en infusión en un recipiente con agua que se había dejado reposar toda la noche. La llamaban agua de San Juan. Por la mañana, la gente se lavaba la cara con esa mezcla perfumada con aromas a campos y estrellas. Ahuyentaba el mal de ojo, rejuvenecía la piel y alejaba la mala suerte. Cada familia tenía su propia versión, cada abuela su propio secreto sobre qué hierbas usar.

En algunas zonas de la Toscana, la gente prescindía del fuego. En Sicilia, leían su fortuna lanzando un conjuro sobre una clara de huevo dejada en un vaso de agua bajo la luz de la luna. En Calabria, las muchachas solteras escondían una ramita de higuera bajo la almohada para soñar con sus futuros maridos. Estos eran ritos ancestrales, probablemente anteriores al cristianismo, que la Iglesia había asimilado sabiamente, vinculándolos a la figura de Juan el Bautista.

Y luego llegaron los años de la emigración. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, millones de italianos emigraron. Sus maletas de cartón contenían poco: unas pocas prendas de ropa, una fotografía, quizás una estampa religiosa. Pero lo llevaban todo en la memoria. Y entre las cosas que jamás olvidan está el aroma de ciertas hierbas cubiertas de rocío, el gesto de las manos de una abuela sobre un cuenco de agua en la oscuridad del jardín.

En Argentina, donde la comunidad italiana es una de las más grandes y arraigadas del mundo —se estima que más de la mitad de los argentinos tienen ascendencia italiana— aquella noche no se olvidó. En Buenos Aires, Rosario y la Patagonia, los descendientes de emigrantes de Calabria, Campania y Sicilia continuaron celebrando el 24 de junio con las mismas hierbas, los mismos gestos, las mismas palabras susurradas a la sombra del patio. Con una diferencia: en Argentina, el 24 de junio es pleno invierno. Aun así, aquella noche se celebró, porque algunas cosas no necesitan el solsticio para ser ciertas. Solo necesitan el recuerdo.

Esto es lo que significa ser italiano en el mundo. No es solo el idioma, no es solo la gastronomía. Es un cuenco de agua dejado fuera por la noche, es un gesto transmitido sin que nadie se detenga a explicarlo, porque ciertas cosas se entienden antes de aprender las palabras para expresarlas.

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