La procesión de antorchas, que tiene lugar el penúltimo domingo de cada mes, marca el inicio de las celebraciones en honor a Nuestra Señora del Roble de Visora. Transforma los caminos rurales en un escenario de fe y tradición, donde reina una atmósfera cargada de magia y espiritualidad. Impulsados por una profunda devoción, los fieles se dirigen a Querciola, un lugar donde historia, misterio y devoción se entrelazan de manera extraordinaria. Aquí, entre estas colinas, la Virgen se apareció a Lorenzo y Vermiglia, pidiéndoles que construyeran una iglesia y transformaran aquel pueblo anónimo, sin nombre y sin gloria, en su hogar, el hogar de Nuestra Señora del Roble.
Antiguamente, la procesión con antorchas se vivía con aún mayor intensidad. Algunos optaban por partir a primera hora de la tarde, aventurándose a pie por los senderos rurales para saborear plenamente cada instante de la peregrinación. Ese recorrido, cargado de emoción y expectación, transformaba cada paso en un momento de reflexión y comunión con los demás participantes.
La peregrinación comenzaba en Conflenti, y llegar a Querciola representaba un hito alcanzado con esfuerzo y devoción. Hoy en día, muchos prefieren aprovechar el servicio de transporte que los lleva directamente a Querciola, lo que hace el viaje más cómodo, pero quizás menos impregnado de la antigua espiritualidad que se podía sentir a lo largo de los antiguos senderos.

Todo el pueblo se reúne para esta ocasión especial. Turistas, residentes y gente de pueblos vecinos se mezclan, creando un río de almas que llena los bares antes del comienzo. A las 9:00 p. m., se enciende la primera antorcha, marcando el inicio. La procesión se prepara para recorrer los antiguos caminos rurales. Cuando finalmente comienzan a marchar, la multitud se transforma en una serpiente de fuego, una imagen tan evocadora que deja sin aliento a cualquiera que la observe desde lejos.
Las antorchas, iluminando el sendero de tierra, atraviesan la oscuridad. El contraste entre la noche y el resplandor de las antorchas crea una atmósfera surrealista. Desde Conflenti, se contempla un espectáculo impresionante: un rastro de luz que serpentea por los caminos rurales, un privilegio incluso para quienes no pueden participar en persona. Es un momento conmovedor, donde la belleza del paisaje, la devoción de la gente y la magia de la noche se funden en una experiencia inolvidable, capaz de despertar en los corazones de quienes participan un sentimiento de pertenencia y una profunda paz.

Así, mientras recorremos los senderos envueltos en el silencio del atardecer, cada uno encuentra su propia manera de vivir este viaje sagrado. Algunos se reúnen para orar, susurrando antiguos cantos marianos que se funden suavemente con el susurro del viento entre los árboles. Otros conversan con sus vecinos, compartiendo recuerdos y esperanzas, mientras que algunos aprovechan este momento para contar historias de un tiempo pasado, de una vida vivida lejos de casa. Es también una oportunidad para reencontrarse con emigrantes, rostros familiares que regresan cada año para mantener la conexión con sus raíces. La caminata es maravillosa, impregnada de una devoción que se siente en cada paso, en cada mirada alzada al cielo.
Una vez en Santa María, un gran caldero lleno de agua espera a las antorchas, que se sumergen en él hasta extinguirse con un ligero chisporroteo, simbolizando la conclusión de la peregrinación.
En ese instante, las miradas se alzan al cielo y la oscuridad se disipa con fuegos artificiales que estallan en un estallido de color. Es una señal inequívoca, un anuncio solemne de que la fiesta de la Virgen ha llegado.