Soy Vicente Roberto Carolei, pero me dicen “el Tano” Carolei.
«Tano» es la palabra coloquial más común en Argentina para distinguir a quienes tienen un apellido notoriamente italiano. Algunos dicen que proviene del apócope de «napolitano», otros dicen que cuando los inmigrantes llegaban al país y se les preguntaba de dónde venían, respondían: «di lon-tano», y así comenzaron a llamarlos «los tanos».
Mi familia calabresa
“Eres un calabrés nacido en Argentina”.
Así me definió mi primo Armando mientras caminábamos juntos por el pueblo de San Giacomo di Cerzeto, en la provincia de Cosenza, Calabria. Con esta sencilla frase, aclaró el problema de identidad que me había acompañado desde la infancia.
Sí, soy calabrés, nacido en Argentina, y llegué al mundo dos años después de que mis padres llegaran a este país desde Italia. Crecí en un hogar donde hablaban calabrés, cocinaban y comían comida calabresa. Seguían las tradiciones y profesaban la fe de sus lugares de origen.
Los orígenes
De esta conciencia nació el deseo de reconstruir los orígenes de mi familia.
Soy hijo de Evelina Arnone y Biagio Carolei. Ambos provenimos de familias con profundas raíces en Calabria. Mi madre, Evelina, hija de Pietro Arnone y Mariangela Cascardo, nació en San Giacomo, un pequeño pueblo de 500 habitantes, una aldea del municipio de Cerzeto (Cosenza). Mi padre, Biagio, hijo de Vincenzo Carolei y Domenica Lanzillotta, era originario del municipio de Torano Castello, a 34 km al norte de Cosenza, una ciudad de unos 4.800 habitantes situada a 350 metros sobre el nivel del mar.
La infancia de mis padres
Evelina y Biagio vivían a pocos kilómetros de distancia, separados solo por senderos sinuosos, rodeados de castaños y olivos silvestres. Sus familias cultivaban los campos vecinos y se ayudaban mutuamente con las labores agrícolas, especialmente en verano para la cosecha de trigo y en invierno para la matanza de los cerdos.
Se conocían desde niños: iban juntos a buscar agua a la fuente, a recoger setas y leña, se reunían en la iglesia los domingos y durante las numerosas fiestas del pueblo.
Amor y guerra
Vivieron juntos los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Biagio fue reclutado.
Después de la guerra, enamorados, decidieron casarse el 24 de octubre de 1948 en la iglesia de San Biagio en Torano Castello. Biagio tenía 23 años y Evelina 21.
Emigración
En aquellos años, los jóvenes del sur de Italia estaban destinados a emigrar. Las razones eran diversas: el miedo a una nueva guerra, la pobreza, la dureza de la vida en los pueblos pequeños. Biagio, a los 25 años, tomó su maleta de cartón y se embarcó en un barco lleno de agricultores en busca de una vida mejor.
Evelina, embarazada de cinco meses, permaneció en Italia esperando el nacimiento de su primera hija, Rosa.
Biagio, al llegar a Argentina, se enfrentó a la pobreza, la discriminación y el aislamiento cultural. Pero con sacrificio y ganas de aprender, encontró trabajo y pronto logró traer a su esposa e hija. Era 1951 cuando Evelina y la pequeña Rosa aterrizaron en Buenos Aires, tras un largo y agotador viaje.
La primera casa argentina
Se instalaron en Lomas de Zamora, en una pequeña casa alquilada, cerca de la estación de tren.
Dos años después nací yo, el pequeño Vincenzo Roberto, el primer argentino de la familia. Un año después, mi padre y mi tío Giuseppe (quien emigró después de él) compraron un terreno y construyeron dos casas gemelas en Temperley, gracias a un plan apoyado por el gobierno.
cultura calabresa
Crecí en un hogar con fuertes tradiciones calabresas. Aunque me adapté a la vida argentina, la cultura original siguió siendo dominante: los valores, las costumbres, el idioma y la gastronomía eran los de mi tierra.
multiculturalismo
Temperley era un fiel reflejo de la sociedad argentina de la época: italianos, españoles, alemanes, polacos, portugueses, franceses, rusos.
Pero había algo que nos diferenciaba: nuestros huertos. Cultivábamos lechugas, rábanos, tomates, albahaca y berenjenas. Teníamos higos, vides, melocotoneros y gallineros. Toda la familia participaba: compartíamos la cosecha con los vecinos.
La cultura del trabajo
Mi padre, conocido en Argentina como "Don Blas", era mecánico, zapatero, albañil y vendía zapatos. Mi madre, además de las tareas del hogar, cultivaba la huerta, ayudaba a los vecinos, aprendía italiano para ayudarnos con las tareas escolares y nos cosía la ropa.
El vínculo familiar era muy fuerte. Todos se ayudaban: hermanos, primos, vecinos. Crearon negocios conjuntos, unidos por la cultura del trabajo, el ahorro y la solidaridad.
Tradiciones familiares
Toda ocasión era buena para estar juntos: bautizos, cumpleaños, bodas, Navidad, Pascua, Nochevieja, Epifanía.
En febrero, se preparaba la salsa para todo el año. Las mujeres cortaban los tomates, los embotellaban y los hervían en ollas. Una auténtica ceremonia familiar.
En julio se mataba el cerdo. Se preparaban salchichas, soppressata, capocollo, cicoli y jamones. No se desperdiciaba nada.
Cada año se elaboraba vino. Incluso los niños prensaban las uvas descalzos. El vino era motivo de orgullo.
Construir el techo de una casa era un evento colectivo: los hombres trabajaban, las mujeres cocinaban para todos. Al final, había una celebración.
Los domingos, hacíamos pasta a mano, jugábamos a la tressette o a la petanca, comíamos todos juntos. Las mujeres nos mostraban sus especialidades: pittuli, scalidri, turdiddri, pan casero, cannoli.
La emigración italiana contada en primera persona
Esta no es sólo mi historia, es la historia de todos los inmigrantes italianos que construyeron este país.
Con su compromiso y sacrificios han permitido que nosotros, sus hijos, crezcamos integrados en una nueva sociedad, sin perder nuestras raíces.
Tras más de treinta años de compromiso con la comunidad italiana en Argentina, siento el deber de seguir difundiendo la cultura popular italiana entre las nuevas generaciones. No solo para mantener viva la memoria, sino también para promover las relaciones culturales, laborales, científicas y artísticas entre Argentina e Italia.
¡¡¡Cuántas cosas bonitas!!!
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