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Los pueblos que se repueblan en agosto

Los pequeños pueblos de Italia tienen una larga historia de emigración. Desde la reunificación italiana, y aún más después de la Segunda Guerra Mundial, millones de personas abandonaron los pueblos del interior, desde los valles alpinos hasta las tierras altas del sur, en busca de trabajo en Alemania, Bélgica, Suiza o al otro lado del océano, en Argentina, Brasil, Canadá y Australia. Las casas quedaron vacías, los comercios cerraron y solo quedaron ancianos e iglesias. Hoy en día, ese movimiento nunca se ha detenido del todo. Casi tres de cada cuatro pueblos italianos, de los 5.500 registrados, siguen perdiendo habitantes año tras año. En las zonas del interior, el descenso de la población duplica el del resto del país.

Sin embargo, hay un mes en que esta historia da un giro inesperado, casi por arte de magia. Es agosto. Las calles, desiertas durante once meses, se llenan de coches con matrículas extranjeras. Las persianas cerradas se vuelven a abrir, las plazas que parecían olvidadas vuelven a ser el centro de algo. Son los emigrantes, y los hijos y nietos de los emigrantes, que regresan por las vacaciones a los pueblos de sus abuelos, y durante dos o tres semanas devuelven a esos pueblos el bullicio y la vida que habían perdido.

Quienes viven en el extranjero lo saben bien: la espera del regreso del verano comienza con meses de antelación. Contamos las semanas, organizamos los turnos en el trabajo, hacemos las maletas, pensando ya en a quién volveremos a ver en cuanto lleguemos. No es solo la añoranza del mar o del sol. Es la certeza de reencontrarse con amigos de la infancia, o con aquellos que se conocieron en un solo verano y que nunca se olvidarán, el bar donde se juega a las cartas a la sombra, la charcutería que todavía elabora el salami como lo hacía el abuelo. Es el pan horneado de una forma especial, la pasta del domingo, el dialecto que vuelve a la mente como si nunca se hubiera ido. Es una atmósfera que, por mucho que lo intentemos, no podemos recrear en ningún otro lugar. La de un pueblo italiano en agosto, con sillas fuera de las puertas y ventanas abiertas hasta tarde.

Para muchos de estos pueblos, ese mes también representa un pequeño motor económico. Se está convirtiendo cada vez más en el punto de partida de algo más duradero, lo que ahora se denomina "turismo de raíces", caracterizado por la renovación de viviendas, estancias más largas y lazos que se renuevan en lugar de extinguirse. Pero más allá de cualquier estadística, son los gestos sencillos los que cuentan la historia de este fenómeno. Un abrazo en la plaza del pueblo tras un año de ausencia, una mesa puesta para más gente de lo habitual, una puerta que permanece abierta durante tres semanas como si el tiempo no hubiera pasado. En agosto, durante tan solo un mes, estos pueblos recuperan su vitalidad anterior a las partidas: llenos de vida, bulliciosos y animados. Y quienes se marchan al final del mes se llevan consigo, junto con sus maletas, la promesa silenciosa de volver el año siguiente.

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